“Soy republicano, y lo declaro: quiero defender los principios de igualdad y el desarrollo de los derechos sagrados que la Constitución garantiza al pueblo contra los peligrosos sistemas de los intrigantes que la ven sólo como un instrumento de su ambición” (M. Robespierre)
En España han cambiado muchas cosas desde que en septiembre
los nacionalistas optaran por desafiar en clara rebeldía el sistema
constitucional de 1978.
La opinión pública que debería ser el motor de la opinión de
los políticos se ha transformado y ahora está claramente del lado de la
Constitución y del derecho; pero aún los políticos, dentro de sus fosilizadas
formaciones, creen vivir en los tiempos de las componendas bipartidistas.
En especial, la izquierda, ante los nuevos acontecimientos,
se encuentra muy desorientada pues importantes movimientos nacidos en su seno,
que hace muy poco pudieron soñar con alcanzar el poder, hoy se están
deshaciendo como azucarillos en el café de una renovada opinión pública.
Durante años, he sentido la soledad de la izquierda jacobina
silenciada por una izquierda federalista y pactista sin más principios que los
de alcanzar el poder siendo amigos y aliados de los nacionalistas periféricos
más radicales y excluyentes.
Si el PSOE sucumbió a esta atentación, Podemos se conformo
con que la horda de nacionalistas excluyentes quedara abiertamente integrada en
su “movimiento” con un solo principio constitutivo: tomar el poder y asaltar
los cielos.
Dudo mucho que esta unión se mantenga cuando el único
objetivo que les quede a Pablo Iglesias y a su favorita Irene sea el “asalto de los infiernos”.
Hoy veo con esperanza como después de muchos años hay
opciones reales de que se conforme una izquierda nacional fiel a los principios
de igualdad, libertad, justicia y virtud, que en lugar de mirar al pasado,
asuma sin complejos el presente y se constituya en motor del cambio; pero de un
cambio en sentido contrario al que la casta política gobernante nos pretende
llevar.
La Constitución no debe ser modificada para dar satisfacción
a los desleales nacionalistas, que en pocos años considerarían las cesiones
como insuficientes para volver a las declaraciones de independencia, debe ser
defendida para que con una nueva legislación de desarrollo, puedan
recentralizarse competencias que nunca debieron ser cedidas.
Sanidad, Educación y competencias sociales y tributarias
deben volver al orden nacional para asegurar realmente la igualdad de todos los
españoles y no las desigualdades territoriales que hoy en día se están
consagrando.
Es un hecho natural que cuando un “nicho electoral” queda
huérfano, una nueva oportunidad política surge para quien lo ocupe. Hoy el PSOE
aún intenta pescar en esta nueva corriente, pero necesariamente sus inclinaciones
van por el camino del pactismo y del apaciguamiento, lo que en el medio plazo
lo incapacita para poder representar la nueva realidad política que esta
surgiendo.
Podemos por naturaleza es incompatible con la nueva situación
que afronta la izquierda española, lo que le hace ser un estorbo del pasado
reciente. Para la nueva izquierda jacobina el primer objetivo debe ser la
destrucción de Podemos y así poder, con
la fuerza y vigor de la unidad, hacer frente a la derecha reaccionaria y
traidora, defensora del capital y no de las libertades.
La gran batalla, en la que lo nuevo debe derrotar a lo viejo,
no está muy lejana pues los partidos del régimen van camino de aceptar la
traición del apaciguamiento y abrir para los nacionalistas una modificación
constitucional para “federalizar”
España. Que nadie se llame a engaño, la España Federal que se presenta será
asimétrica, y consagrará la diferencia
entre españoles de primera, segunda o tercera dependiendo del peregrino hecho
del lugar en el que se nace o vive.
En ese momento dos conceptos políticos que superan la
dicotomía izquierda/derecha se van a enfrentar; de esta lucha o saldrá una
nueva clase política o quedará consolidada la casta corrupta que actualmente
nos dirige.
La izquierda jacobina en la lucha en defensa de la patria, la
constitución y la igualdad de todos los españoles, debe ser protagonista y no
dejar que nuestras banderas queden en manos de la extrema derecha, casposa y
racista, que a la mínima ensalza al dictador Franco como modelo de gobernante.
La democracia la debemos defender los demócratas; la patria, la debemos defender los patriotas, la igualdad y la virtud, los socialistas.
La democracia la debemos defender los demócratas; la patria, la debemos defender los patriotas, la igualdad y la virtud, los socialistas.
En la lucha por la patria y la democracia debemos estar por
lo tanto unidos con quienes compartan estos valores con independencia de su
ideología, con excepción de los fascistas sea cual sea su signo.
Es hora de aniquilar el maniqueísmo impostado de lo
“políticamente correcto” para unir a los trabajadores de toda clase en la
defensa de la justicia y la libertad; en la defensa de una España unida y
democrática.

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