“Pero
es una experiencia eterna que todo hombre que tiene poder se inclina a abusar
del mismo; él va hasta que encuentra límites… Para que no se pueda abusar del
poder hace falta que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al
poder” (Montesquieu)
Cada 15 días desde que se declaró el estado
de alarma veo con impotencia, indignación y vergüenza como el parlamento
convalida con servil displicencia los decretos que prolongan la esclavitud de
todos los ciudadanos.
En anteriores escritos he defendido que
realmente no nos encontramos ante un estado de alarma sino realmente ante un
estado de excepción encubierto, que no limita nuestros derechos sino que
directamente los anula.
Siempre he pensado que el camino del
totalitarismo una vez que se inicia es francamente difícil de parar y cuando
las mieles del poder absoluto se paladean, los gobernantes son ya proyectos de
tiranos.
Que el gobierno con menor respaldo
parlamentario de la democracia sea también el que más poder haya acumulado
nunca nos muestra que las circunstancias pueden hacer de lo improbable,
posible, y de lo excepcional, normal.
Ayer sábado, en su semanal “aló presidente”,
Pedro Sánchez anunció que no contento
con seguir prolongando el cuestionado decreto de estado de alarma, lo iba a
prorrogar en lugar de 15 días, un mes más. Lo peor de todo es que no tengo
ninguna esperanza en que el parlamento en un arranque de dignidad impida este
nuevo golpe totalitario.
Contando que el periodo de sesiones
parlamentario termina en junio, con la prórroga de un mes de la alarma, el
gobierno se asegura escapar del control del parlamento hasta septiembre.
Si a esto sumamos que los tribunales de
justicia están cerrados o en el mejor de los casos al mínimo de funcionalidad, vemos
que en España ahora mismo el gobierno concentra un poder absoluto y de facto
incontrolable, al carecer de cualquier contrapeso.
Uno de los padres de la Constitución
Americana, Madison, decía: “173 déspotas
serían sin duda tan opresores como uno solo, y si alguien lo duda, que se fije
en la República de Venecia. Tampoco nos vale el que los hayamos elegido
nosotros mismos. Un déspota electivo no es el gobierno por el que luchamos;
sino uno que no solamente se funde en principios libres, sino que sus poderes
estuvieron divididos y el equilibrados.”
Después de más de 40 años la Constitución del
78 se muestra como un texto sumamente imperfecto y desgastado; pero ahora mismo
es lo único que nos separa de la instauración de un estado totalitario.
Mi ideal político dista mucho de estar
conforme con la constitución; pero cuando la libertad está amenazada no nos
queda otro remedio que atrincherarnos en los últimos baluartes de la libertad y
hoy la Carta Magna de 1978 es nuestra última línea de defensa.
Últimamente se están dando muestras de
descontento popular en las calles ante la situación que vivimos, pero yo que
siempre estaré del lado del pueblo y la libertad, pienso que son aún
movimientos tan prematuros como
contraproducentes.
Que algún partido como VOX decida ponerse
delante de un movimiento que en gran parte no le pertenece, es políticamente
comprensible; pero el partido que se infectó el 8M en su propio acto político, está a la mediocre
altura de la partitocracia reinante.
Quien quiera sacar rédito político de la
indignación general, no habrá entendido
nada si no comprende que los cambios que se avecinan, van más allá del simple
turnismo en el poder.
Es verdad que existe la amenaza de que el
gobierno intente desde el poder propiciar un cambio de régimen, pero su
inutilidad en la gestión de la crisis sanitaria y en la económica, tarde o
temprano lo llevaran a la caída.
El PSOE y UP lo han fiado todo a la agitación
y propaganda al mejor estilo de Goebbels, pero eso no es suficiente cuando
estamos ante un desastre de esta magnitud.
Y es que precisamente, el que nos hayan
vendido una “happy pandemia”, nos puede volver a llevar al desastre; ya que la
gente no tiene conciencia del peligro que aún nos acecha.
Por el historial político que presenta Pedro
Sánchez, creo que frente a viento y marea se parapetará en Moncloa y día a día
intentará ganar tiempo. En otras ocasiones el “resiste y vencerás” le ha dado
grandes réditos al inquilino de Moncloa, pero presiento que en esta ocasión
alargar la agonía puede resultar nefasto para sus intereses.
La razón es que a la actual idiosincrasia
política, les interesa ir a elecciones cuanto antes, aunque ello implique
cambio de color político en el gobierno. Al establishment le interesa que no
haya grandes alteraciones, y nada mejor para ellos que el PP sustituya al PSOE.
Pero la realidad es que a Pedro Sánchez solo
le interesa él mismo y por lo tanto, al estilo de Luis XV, dirá eso de: “Après
moi, le déluge” (Después de mí, el
diluvio). No solo puede aniquilar al PSOE, que relativamente hasta podría
ser bueno de cara a la futura reconstrucción de la socialdemocracia, sino que se
puede llevar por delante el sistema del 78 pero en un sentido completamente diferente
al que él pudo pretender.
Y es que cuando termine el confinamiento todo
habrá cambiado, aunque aparentemente nada lo haya hecho.
La historia nos enseñó que la crisis del
2008, una suave brisa frente al huracán actual, alumbro un movimiento popular,
el 15M. Este movimiento preocupo a los poderes constituidos, hasta que
finalmente prostituido en sus principios esenciales, degeneró en un partido que
en nada representaba sus ideales: Podemos. Este es el ejemplo de como un
movimiento popular y transversal puede caer en manos de arribistas y sectarios
a poco que estos de organicen; lección que debe ser aprendida para el futuro…
Que va a surgir un nuevo movimiento de
indignación popular, es cuestión de tiempo, como se desarrolle, queda
completamente abierto. Por ello, ahora mismo
es imposible hacer predicciones sobre el futuro, pues aún el principal actor
político que va a mediatizarlo todo, no ha comparecido ante nosotros.
Veo las actuales encuestas y no puedo más que
sonreír, pues quien no vea que aunque la superficie está aún calmada, todo
debajo de ella es diferente.
Sirvan estas últimas líneas para mirar un
poco hacia el futuro con algo de optimismo, ver que en toda gran crisis hay una
gran oportunidad.
Aún nos queda caminar mucho por el desierto
hasta llegar a la tierra prometida, pero frente al dolor y el sufrimiento es
necesario el alivio de la esperanza.
Eso es precisamente lo que está destrozando a
este gobierno, que nos ha prometido sangre, sudor y lágrimas y ninguna
esperanza.
Hoy las instituciones caen bajo el peso de
una democracia amordazada, bajo el peso de unos partidos carcomidos por la
corrupción y el nepotismo, pero aun así la llama de la libertad está en muchos
de los ciudadanos de este país.
Aún no ha llegado la hora en que los hombres
honestos, podrán servir impunemente a su patria. Los defensores de la libertad
serán siempre proscritos mientras domine el panorama político está horda de
mediocres sin principios.
