domingo, 29 de noviembre de 2015

En defensa de Immanuel Kant

“Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevas y crecientes, cuando con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral que habita en mi interior” (Immanuel Kant)


A las once de la mañana del día 12 de febrero de 1804 expiró en su cama y en su casa de siempre el hombre que había hecho del hábito sacramento y de quien se dice que sólo alteró brevemente sus tesoneras y matemáticas costumbres un día que se enteró de un cataclismo estremecedor que habría de cambiar el mundo. Aquel día había recibido las primeras noticias de algo que la historia conoce desde entonces como la Revolución Francesa.
En honor al hombre que cambio para siempre la historia de la filosofía escribo esta entrada, espoleado por el postureo ignorante que el pasado viernes demostraron respecto Kant  los actuales líderes de Podemos y Ciudadanos. Rivera nos recomendó un autor que nunca ha leído, mientras que Pablo Iglesias señaló sin inmutarse como libro de referencia: "Ética a la razón pura".
Por mucho que me disguste, la realidad es que a Kant seguramente no lo ha leído mínimamente más que el 1 o 2% de la población de este país, con lo cual, estos políticos están en consonancia con el pueblo que pretenden gobernar; pero lo que sí les debemos exigir es la humildad para decir como Sócrates: "Solo sé que no sé nada"  
Es verdad que la fama de filósofo hermético es merecida y que para adentrarse en el pensamiento kantiano es necesario mucho esfuerzo, pero una vez dentro, el mundo de los propios pensamientos se verá singularmente transformado.
Resulta increíble que un hombrecillo pequeño aunque de apariencia elegante, de mecánicas costumbres y amables ademanes, pudiera sin salir más de 150km de Königsberg hacer tan monumental aportación al pensamiento humano.
Hay veces que la modestia y la simplicidad producen sublimes frutos más allá de las complicaciones de la vida. Frente a lo que pudiera parecer, Kant distaba mucho de ser un misántropo retirado en una ciudad de provincias, todo lo contrario, aquellos que cuentan en sus memorias su relación con el “profesor” hablan de su extremada amabilidad y sociabilidad. Era un hombre cosmopolita que siempre estaba bien informado de los acontecimientos de aquel S XVIII, considerando las dificultades de comunicación de la época
Kant disfrutaba como el que más de las reuniones de amigos entorno a su mesa, de las tertulias de café y de sus solitarios paseos; mientras en su mente se ordenaba una nueva filosofía basada en el replanteamiento de todo lo anterior.
A las cinco menos cinco de la mañana puntualmente su criado solemnemente entraba en su habitación y con entonación solemne decía: “profesor es la hora”. En su escritorio una taza de té y una pipa para dar comienzo casi de inmediato a la jornada que daba por finalizada en todo tiempo a las diez de la noche.
Desgraciadamente, tengo poco tiempo para emprender reposadamente una nueva relectura de alguna de sus obras como la de la tercera de sus críticas, “La Crítica del Juicio”, pero ello no me impide que sienta casi devoción por este filósofo ilustrado y consulte regularmente sus libros.
Quiero mencionar en este post aunque sea someramente, una de las partes más fundamentales de la filosofía moral Kantiana; sus tres formulaciones del imperativo categórico, la segunda de las cuales es muy desconocida y personalmente es la que más me gusta.
Estas formulas señalan:

1.      “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”
2.      “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca simplemente como un medio”
3.      “Obra como si tu voluntad, por su máxima, pudiera considerarse a sí misma al mismo tiempo como universalmente legisladora”

En nuestra sociedad considerar a las personas como medios y no como fines es lo más común y lo que denota la amoralidad general que impera de la mano del puro relativismo. El “idealismo trascendental” es un sueño, quizás equivocado, pero siempre bienintencionado de cara a lograr un moral racional libre de los yugos de la religión.
Puede creerme el lector cuando señalo que el pensamiento kantiano aún hoy en día es sumamente rompedor, y el desconocimiento del mismo es lo que impide en parte valorarlo como se merece.
En 1793 Kant escribió: “Sólo hay una verdadera Religión: pero puede haber múltiples modos de creencia. Se puede añadir que en las iglesias diversas, que se separan unas de otras por la diversidad de sus modos de creencia, puede encontrarse sin embargo una misma verdadera Religión. Es, pues, más conveniente decir: este hombre es de esta o aquella creencia (judía, mahometana, cristiana, católica, luterana)”
Yo, al contrarío que Rivera e Iglesias, no recomiendo leer a Kant más que a aquellos que sientan un especial interés por acceder directamente a este insigne filósofo, recomiendo eso sí, el acceso al conocimiento de su obra a través de resúmenes y comentarios.
Immanuel Kant es el último filósofo moderno y el primero contemporáneo, y todo el pensamiento filosófico actual se ve influido de alguna u otra manera por él.
Concluyo este pequeño homenaje al filósofo señalando que la frase con la que doy inicio a esta entrada, es la que actualmente figura como epitafio en su tumba hoy sita en Kaliningrado; una frase que resume su pensamiento y más concretamente su “Critica a la razón practica”.

El hombre días antes de convertirse en mito, dejo anotados en su cuaderno los últimos versos de una vieja canción ciertamente enigmáticos con los que termino este post: “Oh febrero feliz, en el que el hombre soporta menos;/ menos dolor, menos pena, menos remordimientos”