viernes, 1 de marzo de 2013

La política de trincheras


“Cree en aquellos que buscan la verdad, duda de aquellos que la han encontrado”(André Gide)

Pese a la evolución que en los últimos años esta sufriendo el panorama político, no dejo de ver claras evidencias de que aun lo viejo esta muy vivo y lo nuevo aún en pañales.
La política que llamo yo “de trincheras” no es otra que aquella que se basa en la ideología de la consigna y del dogma; atesorando la verdad absoluta, todo lo que se le opone es “herejía”.
Lamentablemente, esta manera doctrinaria de entender las cosas en el campo político infecta a todo el arco ideológico, y tan dogmático puede ser alguien que podríamos denominar de “derechas”, como alguien de “izquierdas”.
El grave problema de las personas dogmáticas radica en su incapacidad para escuchar a los demás y por lo tanto, en su mínima capacidad de evolución moral e ideológica. En la política como en tantas otras cosas de la vida, no se trata de ser poseedor de la “verdad absoluta” sino de ser capaz de, en el dialogo con el otro, comprender su postura sin compartirla.
El día que no crea en la frase de Voltaire: “Odio las convicciones de usted, pero daría mi vida para conservar su derecho a expresarlas”, ese día, me habré unido también a la secta de la verdad absoluta y por lo tanto, dialogar conmigo será ya imposible.
Pero lo anteriormente expresado,  no significa que el “no dogmático” no tenga verdades personales, ni ideas claras, todo lo contrario, puede incluso tenerlas más fuertemente enraizadas y definidas que quien tiene la “verdad absoluta”, y ello porque, mientras estos desprecian a todo y a todos los que no comulgan con su credo, los primeros confrontando constantemente sus ideas las enriquecen y en el debate las fortalecen.
Ser vehemente y apasionado son las cualidades propias de quienes sienten la necesidad de expresar sus propias verdades y convencer a los demás de que en ellas se puede confiar, no como verdades absolutas, sino como verdades relativas que cada uno puede hacer suyas.
Desgraciadamente, pocas veces se puede llegar a un verdadero diálogo entre un dogmático y alguien que no lo es, pues como he señalado, cuando uno tiene la “sabiduría de la verdad absoluta” lo más que puede hacer es adoctrinar al otro y convertirlo a la luz de sus ideas.
Con ello, si el otro defiende también sus principios e ideas, a lo que inevitablemente se llega es a la confrontación, la misma negación del diálogo y de la razón. Las ideas abren así el camino de las pasiones y el hombre retorna a la animalidad en forma de recurso y apelación a la fuerza, sea del tipo que sea.
Uno puede estar seguro que se ha traspasado el campo de las ideas y entrado en el campo de las pasiones cuando entran en juego las descalificaciones personales, pues se deja de atacar lo qué se dice, para atacar a quién lo dice.
Este mecanismo hay veces que funciona y otras que no, pues si se logra degradar con el ataque a la otra persona, inevitablemente también lo que dice queda erosionado, pero si la otra persona logra sobrevivir al ataque personal, el atacante queda descalificado por su comportamiento.
Lo normal es que al final, roto el dialogo, las pasiones se desaten y los insultos y descalificaciones vuelen por ambas partes y con todo enmerdado solo una de las partes permanezca para declararse victoriosa. Victoria pírrica, de la que solo un alma pequeña puede sentirse satisfecha pues, si en el fin encuentra aceptables los medios del ataque personal, la victoria siempre estará en la fuerza y no en el convencimiento.
La política de trincheras esta hecha por los dogmáticos sean del signo político que sean y ante ellos, solo podemos oponernos con la “política del movimiento”. Ser capaces de entender a los demás y en lo posible, siempre que no se alteren en la esencia los principios fundamentales que sostienen nuestras ideas, enriquecernos con ellos.
El tiempo de las trincheras ha terminado, y quien no lo vea, se quedará solo en su fosa a espera de ser enterrado; la gente ya no puede esperar que una de las trincheras logre romper la resistencia de la otra, sino que en unión de elementos de ambas trincheras el “movimiento” sobrepase las trincheras y logré la victoria.
En este planteamiento es en el que creo y por eso,abierto siempre al dialogo, aceptaré todas las aportaciones y debates que se me planteen. Quien no comparte mis ideas, no es pues ni mi enemigo ni mi adversario, eso lo dejo para los 350 actores que hay en el parlamento, es mi interlocutor.

(A lo largo de este texto al hablar de "ideas" me refiero a posturas e ideologías dentro del marco que representan los Derechos Humanos, evidentemente poco se puede hablar con alguien que no respeta la dignidad humana.)