Pese a la evolución que
en los últimos años esta sufriendo el panorama político, no dejo
de ver claras evidencias de que aun lo viejo esta muy vivo y lo
nuevo aún en pañales.
La política que llamo yo
“de trincheras” no es otra que aquella que se basa en la
ideología de la consigna y del dogma; atesorando la verdad absoluta,
todo lo que se le opone es “herejía”.
Lamentablemente, esta
manera doctrinaria de entender las cosas en el campo político
infecta a todo el arco ideológico, y tan dogmático puede ser
alguien que podríamos denominar de “derechas”, como alguien de
“izquierdas”.
El grave problema de las
personas dogmáticas radica en su incapacidad para escuchar a los
demás y por lo tanto, en su mínima capacidad de evolución moral e
ideológica. En la política como en tantas otras cosas de la vida,
no se trata de ser poseedor de la “verdad absoluta” sino de ser
capaz de, en el dialogo con el otro, comprender su postura sin
compartirla.
El día que no crea en la
frase de Voltaire: “Odio las convicciones de usted, pero daría mi
vida para conservar su derecho a expresarlas”, ese día, me habré
unido también a la secta de la verdad absoluta y por lo tanto, dialogar conmigo será ya imposible.
Pero lo anteriormente
expresado, no significa que el “no dogmático” no tenga verdades
personales, ni ideas claras, todo lo contrario, puede incluso
tenerlas más fuertemente enraizadas y definidas que quien tiene la
“verdad absoluta”, y ello porque, mientras estos desprecian a
todo y a todos los que no comulgan con su credo, los primeros
confrontando constantemente sus ideas las enriquecen y en el debate
las fortalecen.
Ser vehemente y
apasionado son las cualidades propias de quienes sienten la necesidad
de expresar sus propias verdades y convencer a los demás de que en
ellas se puede confiar, no como verdades absolutas, sino como
verdades relativas que cada uno puede hacer suyas.
Desgraciadamente, pocas
veces se puede llegar a un verdadero diálogo entre un dogmático y
alguien que no lo es, pues como he señalado, cuando uno tiene la
“sabiduría de la verdad absoluta” lo más que puede hacer es
adoctrinar al otro y convertirlo a la luz de sus ideas.
Con ello, si el otro
defiende también sus principios e ideas, a lo que inevitablemente se
llega es a la confrontación, la misma negación del diálogo y de la
razón. Las ideas abren así el camino de las pasiones y el hombre
retorna a la animalidad en forma de recurso y apelación a la fuerza, sea del tipo
que sea.
Uno puede estar seguro
que se ha traspasado el campo de las ideas y entrado en el campo de
las pasiones cuando entran en juego las descalificaciones personales,
pues se deja de atacar lo qué se dice, para atacar a quién lo dice.
Este mecanismo hay veces
que funciona y otras que no, pues si se logra degradar con el ataque
a la otra persona, inevitablemente también lo que dice queda
erosionado, pero si la otra persona logra sobrevivir al ataque
personal, el atacante queda descalificado por su comportamiento.
Lo normal es que al
final, roto el dialogo, las pasiones se desaten y los insultos y
descalificaciones vuelen por ambas partes y con todo enmerdado solo
una de las partes permanezca para declararse victoriosa. Victoria
pírrica, de la que solo un alma pequeña puede sentirse satisfecha
pues, si en el fin encuentra aceptables los medios del ataque
personal, la victoria siempre estará en la fuerza y no en el
convencimiento.
La política de
trincheras esta hecha por los dogmáticos sean del signo político
que sean y ante ellos, solo podemos oponernos con la “política del
movimiento”. Ser capaces de entender a los demás y en lo posible,
siempre que no se alteren en la esencia los principios fundamentales
que sostienen nuestras ideas, enriquecernos con ellos.
El tiempo de las
trincheras ha terminado, y quien no lo vea, se quedará solo en su
fosa a espera de ser enterrado; la gente ya no puede esperar que una
de las trincheras logre romper la resistencia de la otra, sino que en
unión de elementos de ambas trincheras el “movimiento” sobrepase
las trincheras y logré la victoria.
En este planteamiento es
en el que creo y por eso,abierto siempre al dialogo, aceptaré todas
las aportaciones y debates que se me planteen. Quien no comparte mis
ideas, no es pues ni mi enemigo ni mi adversario, eso lo dejo para
los 350 actores que hay en el parlamento, es mi interlocutor.
(A lo largo de este texto al hablar de "ideas" me refiero a posturas e ideologías dentro del marco que representan los Derechos Humanos, evidentemente poco se puede hablar con alguien que no respeta la dignidad humana.)

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