“Dos
cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevas y crecientes,
cuando con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo
estrellado sobre mí y la ley moral que habita en mi interior” (Immanuel Kant)
A las once de la mañana del día 12 de
febrero de 1804 expiró en su cama y en su casa de siempre el hombre que había
hecho del hábito sacramento y de quien se dice que sólo alteró brevemente sus
tesoneras y matemáticas costumbres un día que se enteró de un cataclismo
estremecedor que habría de cambiar el mundo. Aquel día había recibido las
primeras noticias de algo que la historia conoce desde entonces como la
Revolución Francesa.
En honor al hombre que cambio para siempre
la historia de la filosofía escribo esta entrada, espoleado por el postureo
ignorante que el pasado viernes demostraron respecto Kant los actuales líderes de Podemos y Ciudadanos.
Rivera nos recomendó un autor que nunca ha leído, mientras que Pablo Iglesias
señaló sin inmutarse como libro de referencia: "Ética a la razón
pura".
Por mucho que me disguste, la realidad es
que a Kant seguramente no lo ha leído mínimamente más que el 1 o 2% de la
población de este país, con lo cual, estos políticos están en consonancia con
el pueblo que pretenden gobernar; pero lo que sí les debemos exigir es la
humildad para decir como Sócrates: "Solo
sé que no sé nada"
Es verdad que la fama de filósofo hermético
es merecida y que para adentrarse en el pensamiento kantiano es necesario mucho
esfuerzo, pero una vez dentro, el mundo de los propios pensamientos se verá
singularmente transformado.
Resulta increíble que un hombrecillo
pequeño aunque de apariencia elegante, de mecánicas costumbres y amables
ademanes, pudiera sin salir más de 150km de Königsberg hacer tan monumental
aportación al pensamiento humano.
Hay veces que la modestia y la simplicidad
producen sublimes frutos más allá de las complicaciones de la vida. Frente a lo
que pudiera parecer, Kant distaba mucho de ser un misántropo retirado en una
ciudad de provincias, todo lo contrario, aquellos que cuentan en sus memorias
su relación con el “profesor” hablan de su extremada amabilidad y sociabilidad.
Era un hombre cosmopolita que siempre estaba bien informado de los
acontecimientos de aquel S XVIII, considerando las dificultades de comunicación
de la época
Kant disfrutaba como el que más de las
reuniones de amigos entorno a su mesa, de las tertulias de café y de sus
solitarios paseos; mientras en su mente se ordenaba una nueva filosofía basada
en el replanteamiento de todo lo anterior.
A las cinco menos cinco de la mañana
puntualmente su criado solemnemente entraba en su habitación y con entonación
solemne decía: “profesor es la hora”. En su escritorio una taza de té y una
pipa para dar comienzo casi de inmediato a la jornada que daba por finalizada
en todo tiempo a las diez de la noche.
Desgraciadamente, tengo poco tiempo para
emprender reposadamente una nueva relectura de alguna de sus obras como la de
la tercera de sus críticas, “La Crítica del Juicio”, pero ello no me impide que
sienta casi devoción por este filósofo ilustrado y consulte regularmente sus
libros.
Quiero mencionar en este post aunque sea
someramente, una de las partes más fundamentales de la filosofía moral
Kantiana; sus tres formulaciones del imperativo categórico, la segunda de las
cuales es muy desconocida y personalmente es la que más me gusta.
Estas formulas señalan:
1. “Obra sólo según
una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”
2. “Obra de tal modo
que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier
otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca simplemente como un medio”
3. “Obra como si tu
voluntad, por su máxima, pudiera considerarse a sí misma al mismo tiempo como
universalmente legisladora”
En nuestra sociedad considerar a las
personas como medios y no como fines es lo más común y lo que denota la
amoralidad general que impera de la mano del puro relativismo. El “idealismo
trascendental” es un sueño, quizás equivocado, pero siempre bienintencionado de
cara a lograr un moral racional libre de los yugos de la religión.
Puede creerme el lector cuando señalo que
el pensamiento kantiano aún hoy en día es sumamente rompedor, y el
desconocimiento del mismo es lo que impide en parte valorarlo como se merece.
En 1793 Kant escribió: “Sólo hay una verdadera Religión:
pero puede haber múltiples modos de creencia. Se puede añadir que en las
iglesias diversas, que se separan unas de otras por la diversidad de sus modos
de creencia, puede encontrarse sin embargo una misma verdadera Religión. Es,
pues, más conveniente decir: este hombre es de esta o aquella creencia (judía,
mahometana, cristiana, católica, luterana)”
Yo, al contrarío que Rivera e Iglesias, no
recomiendo leer a Kant más que a aquellos que sientan un especial interés por
acceder directamente a este insigne filósofo, recomiendo eso sí, el acceso al
conocimiento de su obra a través de resúmenes y comentarios.
Immanuel Kant es el último filósofo moderno
y el primero contemporáneo, y todo el pensamiento filosófico actual se ve
influido de alguna u otra manera por él.
Concluyo este pequeño homenaje al filósofo
señalando que la frase con la que doy inicio a esta entrada, es la que
actualmente figura como epitafio en su tumba hoy sita en Kaliningrado; una
frase que resume su pensamiento y más concretamente su “Critica a la razón
practica”.
El hombre días antes de convertirse en
mito, dejo anotados en su cuaderno los últimos versos de una vieja canción
ciertamente enigmáticos con los que termino este post: “Oh febrero feliz, en el que el
hombre soporta menos;/ menos dolor, menos pena, menos remordimientos”

