"Hay opresión
contra el cuerpo social cuando uno solo de sus miembros es oprimido.
Hay opresión contra cada miembro cuando el cuerpo social es
oprimido: cuando el gobierno oprime al pueblo, la insurrección del
pueblo entero y de cada una de sus porciones es el más santo de los
deberes; cuando la garantía social falta a un ciudadano, forma parte
del derecho natural que éste se defienda por sí mismo. En uno u
otro caso, sujetar a formas legales la resistencia a la opresión es
el último refinamiento de la tiranía" ( M.
Robespierre)
Cuando
veo la terrible crisis que nos asola a los ciudadanos de este país y
como aquellos que deberían actuar para poder superarla se limitan a
defender sus privilegios veo el necesario camino que tenemos por
delante si de verdad queremos tener un futuro.
Durante
mucho tiempo consideré que el régimen nacido de la transición
tendría dos conclusiones naturales, o la evolución que lo llevaría
a transformarse en una verdadera democracia o ser consumido por el
fuego de un cambio radical.
Llegados
al punto actual ya solo es posible un camino, y aunque ignoro cuándo,
cómo y dónde, el fin natural al que mi generación se va ha
enfrentar es el de atravesar las tormentas de un proceso
revolucionario.
Siempre
me a apasionado la historia de la Revolución Francesa y por
considerarme yo mismo un revolucionario, lamento los dolores y
sufrimientos que el pueblo va a tener que soportar para lograr una
verdadera libertad política que le lleve a la prosperidad. Que nadie
se engañe, el pueblo como sujeto histórico suele ser un gigante
dormido, aclamado y despreciado por igual, aunque las pocas veces que
despierta y se erige en protagonista, no hay fuerza capaz de
controlarlo ni de apaciguarlo.
Una
revolución busca dignidad, pero nunca es digna, y la violencia y los
excesos forman parte de su naturaleza como el rayo de la tormenta; se
encuentran en ella los más altos ideales, pero en su reverso no es
difícil encontrar también las más bajas pasiones.
Así
las cosas, siento una extraña mezcla de odio y de pena por nuestra
actual “casta política”, que con ciega arrogancia se tapa los
oídos ante el clamor y el sufrimiento del pueblo; por negarse a
renunciar a sus privilegios los perderán todos.
Otro
de mis planteamientos es que si bien las revoluciones nacen en unos
pocos días, su gestación tarda años mientras se van fraguando los
nuevos ideales que sustituirán a los antiguos. Todo permanece igual
mientras el miedo al cambio es mayor que el deseo de ese mismo
cambio, ese seria el tiempo que la reforma política debería
aprovechar para actualizarse conforme las nuevas ideas,y permitir la
evolución pacífica del sistema. Normalmente el paradigma de este
concepto de evolución política lo encontramos en el pragmático
pueblo inglés (salvo en un breve periodo del SXVII).
En
este aspecto, me gusta el razonamiento del filósofo escocés Adam
Smith cuando señala: “Se requiere quizá el máximo ejercicio de
sabiduría política para determinar cuándo un verdadero patriota
debe apoyar y procurar restablecer el viejo sistema y cuándo debe
ceder ante el más atrevido pero a menudo peligroso espíritu
innovador”
En
España los únicos que tienen fundadas razones para mantener el
“viejo sistema” son los representantes de las castas oligárquicas
de políticos y banqueros, mientras, todos los demás ciudadanos,
sometidos a un sistema político corrupto y condenados a la
indigencia material, somo tenemos la posibilidad mirar al “espíritu
innovador” para cambiar las cosas.
En
los actuales partidos políticos hay gente buena, valiosa y con
valores, pero son la excepción que confirma la regla de la general
de miseria moral que adorna a lo que y denomino “casta política”.
Lamentablemente, los “buenos” y los “malos” serán juzgados
por igual el día que el monstruo despierte, pues la justicia del
pueblo no tiene nada que ver con la justicia moral ni natural, y no
se pueden pedir sutilizas a los que durante tanto tiempo han vivido
en la prisión del engaño y la mentira.
Cuando
un sistema como el que vivimos en España esta corrupto hasta sus
mismísimas entrañas no hay sitio para componendas ni medias tintas;
solo se puede aspirar, cueste lo que cueste, al verdadero
establecimiento del gobierno del pueblo, para el pueblo y por el
pueblo por los medios que resulten necesarios.
Se
debe configurar un verdadera democracia, donde los ciudadanos elijan
de verdad a sus mandatarios, donde los mandatarios solo tengan por
finalidad el interés de sus electores, donde se respete la dignidad
del hombre, donde los derechos del ciudadano no solo sean palabras
muertas escritas en libros sino realidades gravadas en el corazón de
los hombres...
Basta
leer el artículo 16 de la Declaración de los Derechos del Hombre y
del Ciudadano de 1789 para ver que más de dos siglos después España
carece de constitución: “Una sociedad en la que no está
asegurada la garantía de los derechos ni determinada la separación
de poderes, carece de Constitución”
¿Dónde
esta la separación de poderes en la sacralizada constitución de
1978?. El poder que en este sistema oligárquico acumula el
presidente del gobierno es tan inmenso que ni tan siquiera los reyes
Godos aspiraban a tanto. El presidente del gobierno normalmente es el
jefe del partido que ha ganado las elecciones, con lo cual, controla
el legislativo pues en realidad los que van en las listas y son
diputados, lo son por obra y gracia suya; uno no muerde a quien le da
de comer, y el escaño que se ocupa no depende de los electores, sino
del “jefe” que hizo la lista. Se vota lo que manda en jefe y ya se sabe que: "quien se mueve no sale en la foto"
Por
otro lado, la intromisión del legislativo-ejecutivo en el judicial
es tan evidente que solo ver a un político o banquero en el
banquillo de los acusados es noticia, no digamos ya que sufra
condena.
Vemos
que hay unas leyes para la “aristocracia política y económica”
y otra para la plebe; esa madre que es condenada a dos años de
cárcel por robar leche para alimentar a sus hijos... ¿es esto
justicia?
La
Constitución de 1978 no es más que la 10ª Ley Fundamental del
Régimen nacido del alzamiento del 18 de julio de 1936, y en ella se
consolida el cambio de la “casta franquista” a una “casta de
partidos”, manteniendo en lo esencial una congénita desconfianza a
la capacidad del pueblo para dirigir su propio destino.
Hago
notar que en lo esencial la Ley para la Reforma Política ( la 9ª
Ley Fundamental) nacida para pasar de la “Ley a la Ley” como
señaló Torcuato Fernandez-Miranda es la esencia de nuestro actual
sistema, pues con solo ligerísimos matices nuestras leyes la
reproducen.
Valoro
mucho la transición española por su paso pacífico de un sistema
autoritario a un sistema partitocrático mucho más abierto, pero lo
que en aquel tiempo era lo máximo a lograr, era el paso intermedio
que en el plazo razonable de unos pocos años debía llevarnos un
verdadero sistema democrático. Como nos enseña la historia
lamentablemente los que ocupan el poder son poco propicios a perderlo
y los partidos políticos que tanto clamaban por la libertad en 1976,
hoy son sus verdugos.
Se
nos concedieron ciertos derechos con la intención de preservar unos
nuevos privilegios en favor de unas nuevas élites. Resulta
paradójico que las últimas Cortes franquistas se presenten ante la
historia con una dignidad que las actuales no tienen. ¿Alguien de
imagina al Senado y al Congreso de los Diputados votando su
disolución, mandando a sus 264 senadores y 350 diputados al paro?.
Los 531 procuradores franquistas se fueron, me temo que a estos habrá
que echarlos.
Es
triste ver como el pueblo, pese a la terrible situación que vive, sigue dividido en absurdas banderias políticas que permiten a un
sistema político moribundo seguir oprimiéndole. La división
ideológica es buena y natural, saludable en toda sociedad
democrática, pero actualmente la situación excepcional que vivimos
hace que está división fomentada por la “casta” del régimen y
sus medios de comunicación, suponga un freno a la respuesta
ciudadana que debe terminar con el orden aristocrático que la
oprime.
La
verdadera división política está entre los opresores y los
oprimidos, entre los que pertenecen a la “casta” y disfrutan de
sus privilegios y los que sometidos al silencio y a la miseria nos
damos en llamar “pueblo”. Resulta clarificadora en este sentido
una reflexión de Sieyès que dice: “Ante la evolución de
los acontecimientos y de los espíritus, el tercer estado tiene que
darse cuenta de que no puede esperar nada salvo de sus luces y de su
coraje. La razón y la justicia están de su parte, y tiene que
asegurar toda su fuerza. No, ya no es el momento de trabajar por el
acuerdo de los partidos. ¿Qué pacto puede establecerse entre la
energía del oprimido y la rabia del opresor?”
Ni la
izquierda ni la derecha por si solas tienen capacidad de cambiar el
orden que el sistema impone, solo haciendo un frente común, el
pueblo puede tener una oportunidad de alcanzar una verdadera libertad
política que se manifieste en el inicio de un nuevo proceso
constituyente.
Cegado
el camino de la reforma, el régimen es imposible que se regenere, es
la ruptura lo único que puede cambiar las cosas, y al igual que en
el siglo XVIII el único país europeo donde se podía dar una
revolución era Francia, en este siglo XXI es España la que reúne
las condiciones.
Un
sistema político por muy deteriorado que esté puede superar una
crisis política o moral, igual puede hacer con una crisis económica;
pero una crisis política y económica pocos sistemas son capaces de
superarla.
Realmente
vivimos nuevos tiempos, en los que aún rigen los pensamientos
antiguos, pero poco a poco las ideas que hace un año eran
imposibles, hoy empiezan a ser generalmente aceptadas, y para que de
verdad se produzca un cambio antes de la acción, debe venir la
reflexión.
Una
revolución no se inicia con 10 millones de ciudadanos en las calles,
se trata de reunir quizás solo 3 millones, pero sabiendo lo que
quieren conseguir y con el firme propósito de luchar por
conseguirlo. El 15 M ejemplifica una acción prematura donde se
manifiesta el deseo de cambio pero no se sabe lo que se quiere ni
como se quiere.
Ha
llegado el momento de mirar al futuro con esperanza, en la idea de
que en un momento determinado el pueblo va a despertar de su letargo
y con un simple acto recuperara en sus manos su destino, ese que
durante los últimos 30 años han secuestrado unos partidos y unas
élites indignas.
No
todo será entonces color de rosa y muchas tragedias se sucederán,
pero hay momentos en que cada persona, cada individuo, debe asumir su
responsabilidad consigo mismo y con sus conciudadanos; momentos en
los que luchar por los intereses generales esta muy por encima de los
riesgos personales que se deben correr.
Termino
estas líneas con un abrazo fraternal a todos los que aunque sea en
una mínima parte, compartan mis planeamientos pues estoy seguro que
en el duro camino que nos queda por delante nos vamos a encontrar.
Salud y Fraternidad.

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