sábado, 4 de marzo de 2017

Un autocar homófobo y los muy católicos de HazteOir

“¡Hay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y toda clase de podredumbre. Así también vosotros: por fuera os presentáis como hombres religiosos, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y maldad” (Mateo 23, 27-28)

Pensaba iniciar este texto con una frase volteriana sobre la libertad de expresión pero en este tiempo de cuaresma, de caridad, oración y abstinencia, he encontrado la mejor definición de HazteOir en palabras del mismo Jesucristo del que ellos se pretenden seguidores.
En la polémica del autobús homófobo hay que separar claramente dos ámbitos que aquí aparecen mezclados, por un lado el de la ley y por otro el de la imposición moral.
En el plano legal, en el que los mandatos son perfectos pues vienen definidos expresamente por un texto, no nos queda más remedio que confiar en la justicia y en el criterio que ella nos dé; aunque siempre podemos hacer nuestra propia interpretación personal de la misma. Nuestra Constitución  en su artículo 20, señala:
1. Se reconocen y protegen los derechos:
a)      A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción

Hasta este punto parece que se impone el derecho que tienen los de HazteOir a expresar sus opiniones en un autobús naranja, pero evidentemente la libertad de expresión como la Constitución señala en ese mismo artículo tiene su límite en:

4. Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y la  protección de la juventud y de la infancia.

Está claro que hay una colisión de derechos y solo un juez podrá determinar si el autobús traspasa los límites de la libertad de expresión y entra en los del Código Penal, en concreto en su artículo 510, cuando señala:

1. Serán castigados con una pena de prisión de uno a cuatro años y multa de seis a doce meses:
a) Quienes públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo, una parte del mismo o contra una persona determinada por razón de su pertenencia a aquél, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación, su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de género, enfermedad o discapacidad.

No es mi intención entrar en tecnicismos jurídicos que corresponderán a los leguleyos que se enfrentarán ante los tribunales por la cuestión. Yo enuncio la cuestión entorno a los principios de derecho que el asunto implica y que como leyes, según Kant, son “deberes perfectos” que todos, en cuanto ciudadanos, estamos obligados a cumplir.
La verdad es que me encantaría que a HazteOir se le aplicara el 510 y el 510Bis con el agravante de publicidad incluido, pero la cuestión es verdaderamente compleja.
Por estas cosas nunca en mi vida querría  la responsabilidad de ser juez, pues la objetividad necesaria para juzgar es propia de superhombres.
Mi corazón me pide dar un escarmiento a los intolerantes ultras de esta asociación, pero la razón me impone el defender también su derecho a la libertad de expresión.
Entrando en el orden moral, es donde sin duda puedo condenar y condeno a estos nuevos Fariseos llenos de hipocresía y maldad, pues en su moral estrecha no tienen sitio ni para la tolerancia ni para la empatía y menos aún para la caridad cristiana.
Basta que un niño/a se vea dañado por el autobús para invalidar la legitimidad moral de está campaña.
¿Quiénes son los señores de HazteOir para tratar de imponer su moral ultracatólica a una sociedad laica?
Si precisamente ellos critican que se trate de imponer una ideología de género a los niños, muy poca coherencia demuestran tratando de imponer ellos por su parte su propia ideología moral judeo-cristiana.  
Mientras existan colegios confesionales ningún católico puede quejarse de que en la escuela se adoctrina a los niños. Yo he ido a un colegio católico y se muy bien, por propia experiencia, lo que es adoctrinamiento, para que estos impresentables vengan a dar lecciones de pretendida “libertad”
Los que con su  religión revelada han creado una moral heterónoma y por lo tanto falsa,  no pueden ahora venir a convertirse en paladines de nada, por mucho que falsos liberales vengan en su ayuda.
Las máximas morales son “mandatos imperfectos” y por lo tanto queda en la esfera íntima de la persona su actuación conforme a los mismos.
Ser homosexual, bisexual, transexual, es algo que concierne a la intimidad de la persona y por lo tanto nada ni nadie tiene derecho a inmiscuirse en este ámbito si no es para precisamente servirles de apoyo. Ese apoyo es precisamente intentar su integración y evitar su discriminación, por ello cualquier campaña en ese sentido es perfectamente admisible pues no ataca a la mayoría heterosexual sino defiende a estas minorías. Yo al contrario que esta asociación creo que hay que defender al débil y no al fuerte. 
Los tiempos de la imposición han terminado y tenemos que luchar por la libertad, pues solo enseñando en la responsabilidad, lograremos sacar al hombre de la oscuridad de la superstición y del fanatismo.
Los ultras de HazteOir con su pretendido ejercicio de la libertad de expresión, aunque no hayan cometido una ilegalidad, lo que si han hecho con su autobús es faltar al respeto a las niñas que tienen pene y a los niños que tienen vulva.
Sin duda el mundo iría mucho mejor si dejáramos de juzgar a los demás por sus condiciones personales, pues todos somos seres humanos iguales en dignidad y derechos sea cual sea el color de nuestra piel, religión, sexo o inclinación sexual.
Para terminar dedico a HazteOir una cita del Evangelio para que la mediten antes de volver a lanzar su veneno contra algún colectivo que no comulgue con sus estrechas creencias.

“No juzguéis y no seréis juzgados; porque de la manera que juzguéis seréis juzgados y con la medida con que midáis os medirán a vosotros. ¿Por qué ves la pelusa en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?”(Mateo 7, 1-4)  

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