“No atañe a la Asamblea Legislativa el modificar la
Constitución que ha jurado mantener. Cualquier cambio hecho hoy no producirá
más efecto que el de poner en estado de alarma a los amigos de la libertad” (M.
Robespierre)
El día que se “celebra” la Constitución debemos soportar un
montón de declaraciones pueriles por parte de políticos de “todos los colores”,
mientras disfrutan del cóctel que les pagamos todos los ciudadanos.
Desde hace mucho tiempo, vengo señalando los terribles
agujeros que presenta nuestra constitución y gracias a los cuales, se han filtrado los dos grandes males que
aquejan a nuestra democracia: la corrupción y el secesionismo
Pero si la Constitución presenta boquetes, no es menos cierto
que esos boquetes se han ampliado gracias a la casta política que ha gobernado
este país desde 1978; con grave riesgo para todo el sistema político
democrático.
No nos equivoquemos, las propuestas de reforma que aparecen
en lontananza no están destinadas a corregir los fallos del sistema
constitucional, estableciendo una verdadera separación de poderes,
restableciendo la unidad legislativa básica, reformando el sistema de controles
legales, eliminando privilegios políticos…
La reforma que se nos va a proponer significa simplemente
legalizar y primar la deslealtad
constitucional, concediendo a nuestros políticos un jardín con 17 satrapías
donde la igualdad de los españoles desaparezca para siempre, quedando sus
derechos unidos al territorio de la taifa donde viven y no a su condición de
ciudadanos.
Dos objetivos
fundamentales debe cumplir una constitución, por un lado, ordenar el
poder bajo el principio de separación de poderes, por otro, garantizar a los
ciudadanos sus derechos y los mecanismos de defensa de los mismos.
Toca pues entender que con todas sus imperfecciones, nuestra
Constitución tal cual es, ha garantizado la unidad nacional, los derechos
fundamentales de los españoles y un cierto orden institucional que aunque
imperfecto, podía haber llevado a una separación real de poderes si hubiera
habido voluntad política.
Hoy esta Constitución ha sufrido un duro ataque en forma de
Declaración Unilateral de Independencia (DUI); curiosamente es en estos tiempos
convulsos cuando ciertos movimientos mediáticos y sociales han comenzado a
agitar la bandera de la “reforma constitucional”
Decía San Ignacio de Loyola: “En tiempos de tribulación no
hacer mudanza”
Creo sinceramente que hace muchos años que la Constitución
debería hacerse reformado sustancialmente para garantizar y perfeccionar los
principios que he señalado, pero si hay un tiempo en que no podemos permitirnos
la reforma es este.
En plena tormenta no podemos empezar a reordenar la carga del
barco, sino todo lo más, centrarnos en asegurar las velas y salvar a la tripulación.
Aún siendo republicano prefiero mil veces una constitución
monárquica que garantice la democracia, la unidad nacional y la libertad que una constitución republicana, basada en la ruptura de la soberanía nacional
y con ello, del fin de la unidad y de la democracia
Donde los ciudadanos dejan de ser iguales y sus derechos solo
dependen del lugar en el que nacieron; el ciudadano ha muerto en favor del
siervo.
No es difícil de comprender para una persona de entendimiento
medio que hoy mis derechos no nacen de mi vecindad, de ser gallego, extremeño, aragonés
o castellano; nacen por el hecho de ser ciudadano y formar parte de soberano
que conforma la voluntad general de nación española
Todo hombre por naturaleza, quiere para él y sus seres
queridos, vivir en un país próspero donde se le garantice su seguridad y las
más altas cotas posibles de libertad, igualdad, justicia y virtud.
- Una igualdad que no sea solo “formal” para beneficio de los poderosos y ricos, sino una igualdad de oportunidades donde todo hombre por humilde que sea, tenga garantizados sus derechos incluido el primero de todos ellos: el derecho a una subsistencia digna.
- Una libertad que no consiste en hacer lo que uno quieres sin límites, sino en poder disfrutar de sus derechos sobre la sagrada y segura premisa: “No hagas a otro lo que no quisieras que te hicieran a ti”. Sin olvidar que la libertad solo puede existir donde la ley se cumple y es respetada.
- Una justicia que trate a todos los ciudadanos por igual sea cual sea su rango, que sea completamente independiente de poder político siendo estrictamente imparcial. Una justicia rápida que no caiga en la injusticia de los interminables procesos y donde el temor sea para los culpables y no para los inocentes.
- Una virtud pública que permita a los ciudadanos confiar en la integridad de sus magistrados y en que el bien público se impondrá sobre los mezquinos intereses privados y de clase. Una virtud que lleve al amor por los grandes principios y donde la palabra dada sea ley, mientras que la mentira lleve al ostracismo.
En estas breves pinceladas señalo como yo no me conformo con
simples palabras, sino que quiero y sueño con verlas materializadas en
realidades.
No se puede negar que nuestra Constitución es más “formal”
que “real”, pero no son las palabras las que deben cambiar las cosas, sino son
los hombres quienes las deben transformar en acciones.
Se nos está proponiendo que cambiemos las palabras, que
cambiemos el texto constitucional, pero no me inspiran confianza quienes hasta
ahora han ignorado las normas que quieren cambiar.
En medio de la actual
crisis territorial cuando a los independentistas se les ha dejado el tiempo y
los medio para fortalecerse; en medio de la lucha entre partidos fomentada por
la intriga y la corrupción, favorecida por la ignorancia, por el egoísmo y la
avidez de una casta política indigna, los buenos ciudadanos necesitan un punto
de apoyo y una señal para unirse de nuevo. Yo no conozco ninguno, salvo los
símbolos nacionales y la Constitución.
La verdadera reforma que necesitamos no requiere
modificaciones en el texto constitucional sino una reforma radical en las
normas que lo desarrollan incluida la derogación de las leyes orgánicas de
delegación y transferencia que han servido de permanente moneda de cambio entre
los nacionalistas y los corruptos gobiernos de España necesitados de mayoría
parlamentaria.
Hace unos días hemos visto como el gobierno de España en
manos del Partido Popular, el partido más corrupto y traidor a la Constitución
que presume defender, dio al País Vasco miles de millones a costa de todos los
demás españoles. ¿Es este el patriotismo de la derecha? El uso de los
mecanismos del gobierno para satisfacer y atacar al pueblo y la nación que
dicen defender.
Sueño con que pronto haya una izquierda jacobina capaz de
devolver la dignidad a la patria y a sus ciudadanos.
Nada impide que se hagan reformas sustanciales de las leyes
orgánicas más importantes, como la de Poder Judicial para despolitizar la
justicia o la Ley Orgánica de Régimen Electoral General para hacer más proporcional, igualitario y
justo el voto de los ciudadanos.
Como señalaba mi apreciado Adam Smith: “Se requiere quizá el
máximo ejercicio de sabiduría política para determinar cuándo un verdadero
patriota debe apoyar y procurar restablecer el viejo sistema y cuándo debe
ceder ante el más atrevido pero a menudo peligroso espíritu innovador”
Después de los sucesos de
octubre de 2017 en Cataluña, un nuevo espíritu patriótico ha despertado entre
los ciudadanos de toda condición e ideología, un sentimiento de unidad y
solidaridad entre españoles.
No podemos dejar que un
grupo de políticos cobardes, corruptos e ignorantes traicionen al pueblo por
medio de una reforma constitucional ignominiosa que solo satisfaga a los
enemigos de España y de la Constitución.

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