sábado, 9 de diciembre de 2017

En defensa de la Constitución

“No atañe a la Asamblea Legislativa el modificar la Constitución que ha jurado mantener. Cualquier cambio hecho hoy no producirá más efecto que el de poner en estado de alarma a los amigos de la libertad” (M. Robespierre)

El día que se “celebra” la Constitución debemos soportar un montón de declaraciones pueriles por parte de políticos de “todos los colores”, mientras disfrutan del cóctel que les pagamos todos los ciudadanos.
Desde hace mucho tiempo, vengo señalando los terribles agujeros que presenta nuestra constitución y gracias a los cuales,  se han filtrado los dos grandes males que aquejan a nuestra democracia: la corrupción y el secesionismo
Pero si la Constitución presenta boquetes, no es menos cierto que esos boquetes se han ampliado gracias a la casta política que ha gobernado este país desde 1978; con grave riesgo para todo el sistema político democrático.
No nos equivoquemos, las propuestas de reforma que aparecen en lontananza no están destinadas a corregir los fallos del sistema constitucional, estableciendo una verdadera separación de poderes, restableciendo la unidad legislativa básica, reformando el sistema de controles legales, eliminando privilegios políticos…
La reforma que se nos va a proponer significa simplemente legalizar  y primar la deslealtad constitucional, concediendo a nuestros políticos un jardín con 17 satrapías donde la igualdad de los españoles desaparezca para siempre, quedando sus derechos unidos al territorio de la taifa donde viven y no a su condición de ciudadanos.
Dos objetivos  fundamentales debe cumplir una constitución, por un lado, ordenar el poder bajo el principio de separación de poderes, por otro, garantizar a los ciudadanos sus derechos y los mecanismos de defensa de los mismos.
Toca pues entender que con todas sus imperfecciones, nuestra Constitución tal cual es, ha garantizado la unidad nacional, los derechos fundamentales de los españoles y un cierto orden institucional que aunque imperfecto, podía haber llevado a una separación real de poderes si hubiera habido voluntad política.
Hoy esta Constitución ha sufrido un duro ataque en forma de Declaración Unilateral de Independencia (DUI); curiosamente es en estos tiempos convulsos cuando ciertos movimientos mediáticos y sociales han comenzado a agitar la bandera de la “reforma constitucional”
Decía San Ignacio de Loyola: “En tiempos de tribulación no hacer mudanza”
Creo sinceramente que hace muchos años que la Constitución debería hacerse reformado sustancialmente para garantizar y perfeccionar los principios que he señalado, pero si hay un tiempo en que no podemos permitirnos la reforma es este.
En plena tormenta no podemos empezar a reordenar la carga del barco, sino todo lo más, centrarnos en asegurar las velas y salvar a la tripulación.
Aún siendo republicano prefiero mil veces una constitución monárquica que garantice la democracia, la unidad nacional y la libertad  que una constitución republicana,  basada en la ruptura de la soberanía nacional y con ello, del fin de la unidad y de la democracia
Donde los ciudadanos dejan de ser iguales y sus derechos solo dependen del lugar en el que nacieron; el ciudadano ha muerto en favor del siervo.
No es difícil de comprender para una persona de entendimiento medio que hoy mis derechos no nacen de mi vecindad, de ser gallego, extremeño, aragonés o castellano; nacen por el hecho de ser ciudadano y formar parte de soberano que conforma la voluntad general de nación española
Todo hombre por naturaleza, quiere para él y sus seres queridos, vivir en un país próspero donde se le garantice su seguridad y las más altas cotas posibles de libertad, igualdad, justicia y virtud.  
  • Una igualdad que no sea solo “formal” para beneficio de los poderosos y ricos, sino una igualdad de oportunidades donde todo hombre por humilde que sea, tenga garantizados sus derechos incluido el primero de todos ellos: el derecho a una subsistencia digna.
  • Una libertad que no consiste en hacer lo que uno quieres sin límites, sino en poder disfrutar de sus derechos sobre la sagrada y segura premisa: “No hagas a otro lo que no quisieras que te hicieran a ti”. Sin olvidar que la libertad solo puede existir donde la ley se cumple y es respetada.
  • Una  justicia que trate a todos los ciudadanos por igual sea cual sea su rango, que sea completamente independiente de poder político  siendo estrictamente imparcial. Una justicia rápida que no caiga en la injusticia de los interminables procesos y  donde el temor sea para los culpables y no para los inocentes.
  • Una virtud pública que permita a los ciudadanos confiar en la integridad de sus magistrados y en que el bien público se impondrá sobre los mezquinos intereses privados y de clase. Una virtud que lleve al amor por los grandes principios y  donde la palabra dada sea ley, mientras que la mentira lleve al ostracismo.
En estas breves pinceladas señalo como yo no me conformo con simples palabras, sino que quiero y sueño con verlas materializadas en realidades.
No se puede negar que nuestra Constitución es más “formal” que “real”, pero no son las palabras las que deben cambiar las cosas, sino son los hombres quienes las deben transformar en acciones.
Se nos está proponiendo que cambiemos las palabras, que cambiemos el texto constitucional, pero no me inspiran confianza quienes hasta ahora han ignorado las normas que quieren cambiar.
En  medio de la actual crisis territorial cuando a los independentistas se les ha dejado el tiempo y los medio para fortalecerse; en medio de la lucha entre partidos fomentada por la intriga y la corrupción, favorecida por la ignorancia, por el egoísmo y la avidez de una casta política indigna, los buenos ciudadanos necesitan un punto de apoyo y una señal para unirse de nuevo. Yo no conozco ninguno, salvo los símbolos nacionales y la Constitución.
La verdadera reforma que necesitamos no requiere modificaciones en el texto constitucional sino una reforma radical en las normas que lo desarrollan incluida la derogación de las leyes orgánicas de delegación y transferencia que han servido de permanente moneda de cambio entre los nacionalistas y los corruptos gobiernos de España necesitados de mayoría parlamentaria.
Hace unos días hemos visto como el gobierno de España en manos del Partido Popular, el partido más corrupto y traidor a la Constitución que presume defender, dio al País Vasco miles de millones a costa de todos los demás españoles. ¿Es este el patriotismo de la derecha? El uso de los mecanismos del gobierno para satisfacer y atacar al pueblo y la nación que dicen defender.
Sueño con que pronto haya una izquierda jacobina capaz de devolver la dignidad a la patria y a sus ciudadanos.
Nada impide que se hagan reformas sustanciales de las leyes orgánicas más importantes, como la de Poder Judicial para despolitizar la justicia o la Ley Orgánica de Régimen Electoral General  para hacer más proporcional, igualitario y justo el voto de los ciudadanos.
Como señalaba mi apreciado Adam Smith: “Se requiere quizá el máximo ejercicio de sabiduría política para determinar cuándo un verdadero patriota debe apoyar y procurar restablecer el viejo sistema y cuándo debe ceder ante el más atrevido pero a menudo peligroso espíritu innovador”

Después de los sucesos de octubre de 2017 en Cataluña, un nuevo espíritu patriótico ha despertado entre los ciudadanos de toda condición e ideología, un sentimiento de unidad y solidaridad entre españoles.
No podemos dejar que un grupo de políticos cobardes, corruptos e ignorantes traicionen al pueblo por medio de una reforma constitucional ignominiosa que solo satisfaga a los enemigos de España y de la Constitución. 


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