sábado, 8 de agosto de 2020

España necesita una República

 

 “No tengo miedo a un ejército de leones dirigidos por una oveja; tengo miedo de un ejército de ovejas dirigidos por un león” (Alejandro Magno)

Tiempos convulsos los que vive España, en los que las crisis se acumulan, y donde las incapacidades de unos políticos mediocres y un sistema decadente se evidencian con mayor fuerza.

Como vengo diciendo en muchos de mis escritos, a la crisis sanitaria la acompañan la crisis económica y una también colosal crisis institucional. Pero sería un error separa la crisis de la monarquía de la crisis general del sistema; porque no se trata de sustituir la forma de Estado sino se trata de reformar el Estado y establecer una verdadera democracia donde el pueblo vuelva a tener capacidad de decisión y sea el verdadero depositario de la voluntad general de la nación.

Yo suscribo las palabras de Robespierre cuando señala: “Soy republicano, y lo declaro: quiero defender los principios de igualdad y el desarrollo de los derechos sagrados que la Constitución garantiza al pueblo contra los peligrosos sistemas de los intrigantes que la ven sólo como un instrumento de su ambición. Y prefiero con mucho ver una asamblea popular de ciudadanos libres y respetados con un rey, que un pueblo esclavo y sometido bajo la espada de un senado aristocrático y de un dictador”

Y es que en la ignorancia general donde se desarrolla la política actual no se debaten ya ideas, sino solo supercherías y fantasiosas mentiras.

El problema de la monarquía no es la huida de un viejo rey senil y corrupto, su problema radica en ser el mascarón de proa de una oligarquía partidocrática que desde 1978 se ha negado a toda evolución hacia una democracia plena.

Y es que no seré yo quien se lance como una hiena rabiosa contra Don Juan Carlos I, pues sería de necios no reconocer el fundamental papel histórico que tiene a la hora de pasar pacíficamente de una dictadura a un sistema de libertades. Pero el Rey como los políticos que se han ido sucediendo en el poder, se dejaron acunar por abulia de la complacencia antes de propiciar cambios modernizadores.

Y es que España hubiera necesitado una segunda transición para adecuar el sistema del 78 a la realidad de una democracia plena; pues realmente los políticos de 1978 llegaron hasta donde podían llegar, solo se les puede tener admiración y respeto.

Estos días miro con estupefacción como el pensamiento se amordaza con sectarios eslóganes que unos y otros se tiran a la cara.

Por todo lo que he señalado no voy a defender ya una monarquía que no representa la democracia sino una partidocracia donde los ciudadanos somos simples rehenes de los partidos políticos.

Pero mi defensa de la república toma como adversarios también a quienes pretenden el establecimiento de una república sectaria donde solo unos tengan derecho a detentar el poder y donde el pensamiento único sea una declaración de intenciones.

Resulta curioso que aquellos que pretenden la disgregación de la España declaren su adhesión a la República como si esté sistema fuera la garantía de sus privilegios y como si la república no fuera la mejor garantía de la defensa de las libertades, la patria y la nación.

Y es que nada es más contrario a los nacionalismos periféricos y excluyentes que el concepto de ciudadanía y de derechos iguales para todos que defiende la república. En una monarquía pueden permitirse privilegios, en una república nunca.

Los mejores servidores de la monarquía son aquellos que se empeñan en ganar guerras civiles perdidas y que enarbolan banderas del pasado que rememoran fracasos. Nada hace más daño a la III República Española que la constante mirada a la II República; y es que una forma de Estado debe unir, no desunir, debe integrar no separar, debe permitir que todos con independencia de sus ideas puedan desarrollarse en ella.

Tengo en proyecto escribir una serie de escritos sobre la Republica que debería establecerse en España, pero en esencia comparto los planteamientos del añorado Antonio García-Trevijano en su obra “Teoría Pura de la República”; en esencia se trata de reforzar el sistema de libertades, terminar con la partidocracia  y constituir un sistema con una verdadera separación de poderes.

El movimiento por la República Constitucional es aún muy incipiente pero es el verdadero camino para tener verdaderamente una República de todos y para todos. Pues las propuestas republicanas que vienen de la izquierda no son propuestas que el 80% de la población pueda asumir, y si queremos tener un sistema político estable el consenso debe ser general por parte de la ciudadanía; las imposiciones terminan llevando al desastre.

Aún hay mucha gente que defiende la monarquía por miedo al caos o a los sectarios de la izquierda radical; pero les señalo que el peor servicio que pueden hacer a España es permanecer en el inmovilismo de un sistema que se cae a trozos, de un sistema fosilizado que no da más de sí.

Señalo al lector para su reflexión unas palabras de Adam Smith: “En tiempos de descontento público, facción y desorden, una persona sabia puede estar dispuesta a pensar que algún cambio es necesario en esa constitución o forma de gobernó que en su condición actual es claramente incapaz de mantener la tranquilidad pública. Esos casos son los que a menudo requieren quizá el máximo ejercicio de sabiduría política para determinar cuándo un verdadero patriota debe apoyar y procurar restablecer el viejo sistema y cuándo debe ceder ante el más atrevido espíritu de innovador. “

En mi escrito me declaro partidario del espíritu innovador pues el tiempo de reformas del viejo sistema ya pasó y cercenado el camino de la evolución solo nos queda el de la revolución en forma de establecimiento de un periodo constituyente.

Nada beneficia más a nos nacionalismos periféricos y disgrega más el espíritu nacional que está monarquía moribunda apoyada en una constitución fosilizada que en su artículo 57 menciona que es hereditaria en un rey corrupto y exiliado: “1. La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S.M. Don Juan Carlos I de Borbón…”

Vivimos en la época de la ignorancia donde los asuntos no se debaten ni razonan, donde las ideas simplemente se tiran a la cara del adversario; pero sin escuchar ni se aprende, ni se evoluciona.

Queda aún tiempo antes que la idea de la República Constitucional pueda llegar a la gran masa de un pueblo aborregado; pero la luz de la razón y la libertad terminaran disipando las tinieblas del sectarismo y la superstición.

Termino haciendo referencia a la frase con la que abro esté artículo, pues al final no importa tanto el número de leones, mientras que las ovejas decidan seguirlos; por eso los grandes cambios no han sido nunca iniciativa de la masa, sino de minorías formadas y convencidas capaces de enseñar que detrás de la colina de los cambios, hay verdes prados.

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