“Una sociedad en la que no está asegurada la garantía de los derechos ni determinada la separación de poderes, carece de Constitución.”(Art.16, Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano 1789)
Debo reconocer que últimamente siento una enorme pereza a la hora de escribir sobre la situación que vive este país que aún llamamos España.
El
fanatismo, la intolerancia y el odio campan libremente por esta sociedad
enferma que al miedo de un virus, une el miedo a la incertidumbre de no saber
hacia dónde vamos.
Un
país serio en tiempos de peligro une sus fuerzas, sus dirigentes y todos sus
ciudadanos tratan de ayudar en la medida de sus fuerzas a salvar la situación y
salir victoriosos de la crisis; aquí en lugar de achicar agua parece que el
deporte nacional es hacer más agujeros.
Hay
tantos temas que tratar que necesitaría todo un tratado para poder expresar mi
opinión sobre los mismos, pero como no quiero aburrir al amable lector me voy a
centrar en la crisis política e institucional que vivimos.
¿Cómo
hemos llegado a tener una casta política tan deleznable?, ¿cómo nuestros
gobernantes y representantes políticos han logrado alcanzar tal grado de
ignorancia, incompetencia, chabacanería y zafiedad? Puede que después de
grandes estudios y en tiempos lejanos alguien pueda llegar a darnos una explicación.
Nuestra
clase dirigente salvo momentos muy puntuales de nuestra historia, nunca ha sido
especialmente brillante, pero para nuestra desgracia, ahora que estamos
inmersos en una de las mayores crisis sanitarias, políticas, sociales y
económicas de la historia; nuestros dirigentes son especialmente mediocres e
inútiles.
Mirar
los actuales líderes políticos y como son capaces, en tiempos como los actuales,
de seguir viviendo en su propio mundo preocupados de mezquindades sin ser
capaces de mirar más allá de su ombligo, lleva realmente a la desesperanza y a
la indignación.
Pedro
Sánchez sin principios ni ideales se dedica a disfrutar del poder por el poder
mismo, y en su fatal arrogancia no tiene problemas en abusar de su poder para
satisfacer su propio ego.
Cuando
algo o alguien se oponen a su voluntad, no tiene problema en hacer lo necesario
para derribar a cualquier precio el obstáculo, y eso cuando hablamos de un
presidente del gobierno es muy peligroso.
Si
desde hace mucho vengo señalando que el sistema constitucional de 1978 hace
aguas por todos los lados, anuncios como los de ayer proponiendo cambios
legislativos para terminar definitivamente con la independencia del poder
judicial, son nuevas vías de agua que aceleran el hundimiento general que
vivimos.
No
es aceptable ni democrático que si necesito un acuerdo para renovar un órgano
del Estado, en este caso el Consejo General del Poder Judicial, y ese acuerdo
no llega, en lugar de seguir negociando o denunciando el filibusterismo de una
lamentable oposición, me dedico a cambiar las reglas para no necesitar ese
acuerdo. Es como si en medio de un partido de futbol como no logro salir del
empate, decido que mis jugadores puedan usar también las manos.
En
democracia no todo vale, y cuando uno cree que las instituciones están a su
servicio y no él al servicio de las instituciones el camino de lo peor está
abierto.
Desde
hace mucho vengo denunciando que nuestra constitución necesitaba una reforma
radical para realmente establecer en este país un entramado institucional con
separación de poderes.
Pero
nadie se preocupa de reformar las instituciones y volver a vigorizar la
democracia y terminar con la pestilente dictadura de la partidocracia; es más
fácil abrazar el sectarismo de una facción política y lanzarse con todo el odio
del que se sea capaz contra el enemigo político.
En
España ya no hay adversarios políticos, solo enemigos, solo hay
social-comunistas, fascistas, y todo tipo de “istas” que por supuesto, por el
bien del país deberían, ser eliminados en opinión de la facción contraria.
Solo
hay algo más parecido a un dirigentes de Podemos, un dirigente de VOX, nada más
parecido a un alto cargo del PP, un alto cargo del PSOE.
Y
es que en España ningún hombre de mérito tiene la más mínima posibilidad de
tener alguna responsabilidad en política, siempre es preferible un mediocre a
una persona de éxito sobre la que la envidia nacional ejerza su censura.
Escribió
J. S. Mill en sus Consideraciones sobre el gobierno representativo, esta terrible
pero acertada reflexión: “Los españoles persiguieron a todos sus
grandes hombres, amargaron sus vidas y en general lograron muy pronto poder
coto a sus éxitos”
En
este país sería puramente una quimera soñar con alguno de los planteamientos
que en este mismo libro señala como: “Por lo tanto, al ser el primer elemento del
buen gobierno la virtud e inteligencia de los seres humanos que integran la
comunidad, el punto de excelencia más importante que puede poseer cualquier
forma de gobierno es promover la virtud e inteligencia del pueblo mismo.”
Así
las cosas, seguiremos andando en círculos si no aprendemos que de la crisis
actual solo se puede salir mediante una reforma en los planteamientos y las
ideas.
La
Revolución no debe ni puede ser sobre planteamientos del siglo XX, porque al
final al comunismo no le para el fascismo, ni al fascismo el comunismo, ellos
mismos se retroalimentan; al final es la tolerancia y la razón sobre la defensa
de una democracia militante la que nos puede salvar del abismo.
No
soy nada optimista sobre a donde nos conduce la situación actual, pues el
encono, cabreo y odio que veo en nuestra sociedad son el combustible necesario
para las soluciones milagro de los “ismos”.
No
se puede salvar una democracia cuando ya no hay espíritu democrático, cuando el
odio sustituye a la tolerancia.
Hoy,
muchos de los que defienden al Rey y a la constitución de palabra, no tendrían
problema en prescindir de ellos una vez alcanzados sus objetivos de poder. Otros,
enfangados en causas judiciales y políticas delirantes, agitan la bandera de
una República que lejos de ser una democracia, solo podría satisfacer sus
deseos de control y poder sociales.
Decía
el inmortal Montesquieu, al que todos quieren enterrar, en su Del Espíritu de las Leyes: “Cuando
Sila quiso devolver la libertad a Roma ésta ya no pudo recibirla porque no le
quedaba más que un débil resto de virtud; y como cada vez tenía menos, en lugar
de despertar después de César, Tiberio, Cayo, Claudio, Nerón o Domiciano, se
fue haciendo cada día más esclava: todos los golpes recayeron sobre los tiranos,
ninguno sobre la tiranía.”
Dos
caminos se abren sobre nosotros y sobre el país, el de la confrontación
fratricida al que tanto gusto tenemos los españoles, o el de la revolución
social y política por encima de banderías políticas.
El
sistema se hunde, y sus líderes y élites siguen en su pequeño mundo disfrutando
del champagne y de las comodidades; nuestros políticos no cambiaran nada más
que sus sillas pues eso es lo que les importa; quítate tú, que me pongo yo.
Uno
no tiene más derechos que aquellos que ha sabido defender, nadie va a venir a
salvar España, solo podemos salvarla los españoles, pero para eso debemos
unirnos y no seguir enfrentándonos, pues eso solo sirve a los mismos, a los que
viven bien y no quieren que cambie nada.

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