miércoles, 14 de octubre de 2020

España, gris oscuro casi negro



“Una sociedad en la que no está asegurada la garantía de los derechos ni determinada la separación de poderes, carece de Constitución.”(Art.16, Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano 1789)

 

Debo reconocer que últimamente siento una enorme pereza a la hora de escribir sobre la situación que vive este país que aún llamamos España.

El fanatismo, la intolerancia y el odio campan libremente por esta sociedad enferma que al miedo de un virus, une el miedo a la incertidumbre de no saber hacia dónde vamos.

Un país serio en tiempos de peligro une sus fuerzas, sus dirigentes y todos sus ciudadanos tratan de ayudar en la medida de sus fuerzas a salvar la situación y salir victoriosos de la crisis; aquí en lugar de achicar agua parece que el deporte nacional es hacer más agujeros.

Hay tantos temas que tratar que necesitaría todo un tratado para poder expresar mi opinión sobre los mismos, pero como no quiero aburrir al amable lector me voy a centrar en la crisis política e institucional que vivimos.

¿Cómo hemos llegado a tener una casta política tan deleznable?, ¿cómo nuestros gobernantes y representantes políticos han logrado alcanzar tal grado de ignorancia, incompetencia, chabacanería y zafiedad? Puede que después de grandes estudios y en tiempos lejanos alguien pueda llegar a darnos una explicación.

Nuestra clase dirigente salvo momentos muy puntuales de nuestra historia, nunca ha sido especialmente brillante, pero para nuestra desgracia, ahora que estamos inmersos en una de las mayores crisis sanitarias, políticas, sociales y económicas de la historia; nuestros dirigentes son especialmente mediocres e inútiles.

Mirar los actuales líderes políticos y como son capaces, en tiempos como los actuales, de seguir viviendo en su propio mundo preocupados de mezquindades sin ser capaces de mirar más allá de su ombligo, lleva realmente a la desesperanza y a la indignación.

Pedro Sánchez sin principios ni ideales se dedica a disfrutar del poder por el poder mismo, y en su fatal arrogancia no tiene problemas en abusar de su poder para satisfacer su propio ego.

Cuando algo o alguien se oponen a su voluntad, no tiene problema en hacer lo necesario para derribar a cualquier precio el obstáculo, y eso cuando hablamos de un presidente del gobierno es muy peligroso.

Si desde hace mucho vengo señalando que el sistema constitucional de 1978 hace aguas por todos los lados, anuncios como los de ayer proponiendo cambios legislativos para terminar definitivamente con la independencia del poder judicial, son nuevas vías de agua que aceleran el hundimiento general que vivimos.

No es aceptable ni democrático que si necesito un acuerdo para renovar un órgano del Estado, en este caso el Consejo General del Poder Judicial, y ese acuerdo no llega, en lugar de seguir negociando o denunciando el filibusterismo de una lamentable oposición, me dedico a cambiar las reglas para no necesitar ese acuerdo. Es como si en medio de un partido de futbol como no logro salir del empate, decido que mis jugadores puedan usar también las manos.

En democracia no todo vale, y cuando uno cree que las instituciones están a su servicio y no él al servicio de las instituciones el camino de lo peor está abierto.

Desde hace mucho vengo denunciando que nuestra constitución necesitaba una reforma radical para realmente establecer en este país un entramado institucional con separación de poderes.

Pero nadie se preocupa de reformar las instituciones y volver a vigorizar la democracia y terminar con la pestilente dictadura de la partidocracia; es más fácil abrazar el sectarismo de una facción política y lanzarse con todo el odio del que se sea capaz contra el enemigo político.

En España ya no hay adversarios políticos, solo enemigos, solo hay social-comunistas, fascistas, y todo tipo de “istas” que por supuesto, por el bien del país deberían, ser eliminados en opinión de la facción contraria.

Solo hay algo más parecido a un dirigentes de Podemos, un dirigente de VOX, nada más parecido a un alto cargo del PP, un alto cargo del PSOE.

Y es que en España ningún hombre de mérito tiene la más mínima posibilidad de tener alguna responsabilidad en política, siempre es preferible un mediocre a una persona de éxito sobre la que la envidia nacional ejerza su censura.

Escribió J. S. Mill en sus Consideraciones sobre el gobierno representativo, esta terrible pero acertada reflexión: “Los españoles persiguieron a todos sus grandes hombres, amargaron sus vidas y en general lograron muy pronto poder coto a sus éxitos”

En este país sería puramente una quimera soñar con alguno de los planteamientos que en este mismo libro señala como: “Por lo tanto, al ser el primer elemento del buen gobierno la virtud e inteligencia de los seres humanos que integran la comunidad, el punto de excelencia más importante que puede poseer cualquier forma de gobierno es promover la virtud e inteligencia del pueblo mismo.”

Así las cosas, seguiremos andando en círculos si no aprendemos que de la crisis actual solo se puede salir mediante una reforma en los planteamientos y las ideas.

La Revolución no debe ni puede ser sobre planteamientos del siglo XX, porque al final al comunismo no le para el fascismo, ni al fascismo el comunismo, ellos mismos se retroalimentan; al final es la tolerancia y la razón sobre la defensa de una democracia militante la que nos puede salvar del abismo.

No soy nada optimista sobre a donde nos conduce la situación actual, pues el encono, cabreo y odio que veo en nuestra sociedad son el combustible necesario para las soluciones milagro de los “ismos”.

No se puede salvar una democracia cuando ya no hay espíritu democrático, cuando el odio sustituye a la tolerancia.

Hoy, muchos de los que defienden al Rey y a la constitución de palabra, no tendrían problema en prescindir de ellos una vez alcanzados sus objetivos de poder. Otros, enfangados en causas judiciales y políticas delirantes, agitan la bandera de una República que lejos de ser una democracia, solo podría satisfacer sus deseos de control y poder sociales.

Decía el inmortal Montesquieu, al que todos quieren enterrar, en su Del Espíritu de las Leyes: “Cuando Sila quiso devolver la libertad a Roma ésta ya no pudo recibirla porque no le quedaba más que un débil resto de virtud; y como cada vez tenía menos, en lugar de despertar después de César, Tiberio, Cayo, Claudio, Nerón o Domiciano, se fue haciendo cada día más esclava: todos los golpes recayeron sobre los tiranos, ninguno sobre la tiranía.”

Dos caminos se abren sobre nosotros y sobre el país, el de la confrontación fratricida al que tanto gusto tenemos los españoles, o el de la revolución social y política por encima de banderías políticas.

El sistema se hunde, y sus líderes y élites siguen en su pequeño mundo disfrutando del champagne y de las comodidades; nuestros políticos no cambiaran nada más que sus sillas pues eso es lo que les importa; quítate tú, que me pongo yo.

Uno no tiene más derechos que aquellos que ha sabido defender, nadie va a venir a salvar España, solo podemos salvarla los españoles, pero para eso debemos unirnos y no seguir enfrentándonos, pues eso solo sirve a los mismos, a los que viven bien y no quieren que cambie nada.

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